El imaginario colectivo que predomina en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe en relación al aborto inducido es que esta práctica es un crimen y, por ende, viola las normas sociales y morales vigentes. A partir de ello, las mujeres que abortan siempre serán criminales que deben y necesitan recibir una sanción, tanto penal como social. La condición de ilegalidad del aborto, la tradicional postura condenatoria de las iglesias, la renuencia de los medios de comunicación a profundizar en sus causales, los Estados que se niegan a involucrarse y a asumir los costos políticos que ello conllevaría, son todos factores que determinan que el aborto no esté nunca incorporado a las agendas o debates públicos.
Y no se trata de que haya silencio al respecto, sino que lo se habla y discute siempre partirá de la premisa que el aborto es un delito. Entonces, han sido los discursos públicos ideologizados –religiosos, culturales, mediáticos, políticos, simbólicos, demográficos, sanitarios– los que se han encargado de instalar, moldear y reforzar el imaginario sobre el aborto como sinónimo de crimen odioso. Así como también de los derechos de las mujeres forzosamente supeditados a los derechos del embrión/feto (reconocido en calidad de persona). Esta falsa dicotomía –criminal/inocente, a favor o en contra– no ha permitido avanzar en el reconocimiento de la realidad compleja del aborto inducido, sino que también impide que las mujeres que en algún momento han abortado o se aprestan a hacerlo por razones diversas, puedan asumir su decisión como un ejercicio de derechos sobre su corporalidad, sobre su reproducción, en definitiva, sobre su vida. Por el contrario, a menudo abortan atenazadas por la culpa, la condena social, y por el temor a ser encarceladas o sucumbir en abortos clandestinos e insalubres.
Es significativo, sin embargo, el hecho de que el aborto inducido es una realidad que atraviesa a todos los países, a todas las comunidades y afecta a las mujeres ya sea en cuerpo propio o en el cuerpo de hermanas, amigas, hijas, madres. Desde esta perspectiva, ha estado presente en todas las épocas y su número es muy alto en todas las regiones. Por ejemplo, recientes investigaciones del Instituto Alan Guttmacher, señalan que el número total de abortos que hoy se practican en el mundo muestra una tendencia al descenso. En el período que va desde 1995 a 2003 bajó de 45.5 millones a 41.6 millones, cifra considerable que deja de manifiesto que las mujeres y parejas no están accediendo a los medios que les permitan evitar embarazos no deseados o no planificados. Este total abarca todos los abortos, sean seguros e inseguros. Los abortos inseguros, específicamente, que en el año 1995 alcanzaron a 19.9 millones, en 2003 fueron 19.7 millones, es decir, mostraron un leve descenso.
Por lo tanto, la caída en el número total de abortos correspondió específicamente a una baja en la tasa de abortos seguros: de 20 a 15 por cada 1.000 mujeres de 15-44 años, mientras que la tasa de abortos inseguros declinó levemente: de 15 a 14 por 1.000. En tanto que la tasa global de abortos bajó de 35 a 29 por 1.000.
En relación a las consecuencias del aborto inseguro, desde fines de la década de los 90 se mantiene casi inalterada la cifra de 70 mil mujeres muertas cada año a efectos de las complicaciones de abortos inseguros, mientras que aproximadamente 8 millones requieren tratamiento médico por dichas complicaciones, pero solo 5 millones lo reciben efectivamente.
Es significativo, por otra parte, constatar que en aquellos países donde el aborto está penalizado severamente, las mujeres continúan interrumpiendo sus embarazos con riesgo de sus vidas, con temor a la denuncia, con miedo a ir a la cárcel, lo que pone en evidencia que las leyes punitivas son fracasos legislativos pues no se acatan ni se respetan ni logran cambiar conductas.
Sin embargo, es importante destacar que desde 1997, 22 países o áreas administrativas dentro de países han cambiado o flexibilizado sus legislaciones. En 19 de ellos, los criterios para permitir el aborto impune fueron ampliados, pero en 3 fueron restringidos. Latinoamérica y África continúan siendo las regiones donde el aborto permanece mayormente penalizado, mientras que globalmente un 40% de las mujeres en edad reproductiva (15 a 44 años) vive en países con legislaciones que prohíben el aborto totalmente, o lo permiten solamente para proteger la vida o salud de la mujer.
América Latina y el Caribe muestra una situación particular. Como región marcada por la predominancia de la religión católica, persiste en ella un castigo social sobre todo lo que se relaciona con la libertad de decisión de las personas sobre sus cuerpos, y la sexualidad es un terreno que muestra escasas oportunidades para la autonomía real. El aborto, por ende, es objeto de leyes penalizadoras, extremadamente restrictivas, y los escasos resquicios en que se permite el aborto impune, con frecuencia son difíciles de lograr su implementación.
Entre los países que con mayor dureza castigan esta práctica, Chile es uno de ellos, y también Nicaragua, El Salvador y República Dominicana. Si bien en la región se han producido avances, como el ocurrido en el Distrito Federal de México y en Colombia, y aperturas posibles en Uruguay y Argentina, lo cierto es que el panorama general es desalentador.
En la proximidad del próximo 28 de septiembre, Día por la Despenalización del Aborto en América Latina y el Caribe, campaña que a partir de este año se coordina a través de organizaciones de mujeres dominicanas, es necesario fortalecer nuestros discursos y estrategias para lograr romper tanto el cerco cultural en contra del derecho a decidir, como la acción fundamentalista liderada especialmente por las jerarquías eclesiásticas y sus aliados, que insisten en erigirse en conductores morales de la sociedad toda.
Para mayores antecedentes, acceda a nuestra Revista Mujer Salud 2-2010, cuya sección Temas está dedicada a analizar este tópico relevante sobre la salud y derechos humanos de las mujeres.










